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Andrea Arboleda Barrios-Consultora en temas políticos y urbanos
"Lo cierto es que la conmemoración del Bicentenario combina representaciones del pasado, angustias del presente y expectativas del futuro. Es por eso que como ciudadana e historiadora no dejo de relacionar los aniversarios que se cumplen por estos días, y que siguen expresando lo que ha sido nuestra historia institucional y militar, durante cerca de dos siglos de República".
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El mes de julio es de conmemoraciones en Colombia. Pero el análisis sobre cualquier evento histórico –por más reciente que sea- se hace desde el presente, a partir de las preguntas del hoy. Algunos podrían decir que en realidad el 20 de julio de 1810 no sucedió nada distinto a un incidente alrededor de un florero de un señor Llorente, que develó todas las tensiones entre criollos y españoles en la Nueva Granada. Pero indudablemente a partir de entonces se empezaron a detonar los procesos emancipatorios locales que llenaron de sentido la llamada Independencia, celebrada con mayor solidez, mas no de manera definitiva el 7 de agosto de 1819.
Lo cierto es que la conmemoración del Bicentenario combina representaciones del pasado, angustias del presente y expectativas del futuro. Es por eso que como ciudadana e historiadora no dejo de relacionar los aniversarios que se cumplen por estos días, y que siguen expresando lo que ha sido nuestra historia institucional y militar, durante cerca de dos siglos de República.
El 4 de julio nuestra nueva Constitución cumplió 19 años; el 1º de julio la Reforma Política que dio lugar a un renovado marco para partidos y elecciones cumplió siete años; el 25 de julio la Ley de Justicia y Paz que ha servido de fundamento para un proceso de desmovilización militar cumplirá cinco años; y el próximo 7 de agosto inauguraremos una etapa –qué tan nueva o distinta es temprano para asegurarlo-, tras ocho años de régimen recentralizador y autoritario. Todas estas, expresiones de lo que sigue siendo nuestra tradición jurídico-constitucional.
Algunos me acusarán de convertir en presente lo que se ha querido conservar como un monumento histórico estático, que conduce a un pasado remoto y folclórico, como la celebración del Bicentenario. Pero insisto, esta conmemoración, como todo acto de memoria, es un problema del presente. De ahí la urgencia de recrear la narrativa histórica de la independencia desde el hoy, a partir de interrogantes que nos conecten con nuestra realidad como la conocemos. De otra manera corremos el riesgo de unas festividades que “no traen consigo ni movimiento político, ni social, y tampoco cambian las relaciones entre nosotros”, como lo asegura con pesimismo el historiador Sergio Mejía.
No obstante, el Bicentenario debe ser una buena oportunidad para reflexionar sobre la corrupción y la violencia, que parecen ser las enfermedades naturales de la República, que no han dejado de azotarnos por dos siglos. Y para las que nos hemos inventado salidas y fórmulas jurídico-institucionales, sin duda, pero no nos podemos decir mentiras: la libertad, en forma de instituciones fuertes y procesos de reconciliación verdadera no nos ha llegado. Y tampoco podemos creer que nos había llegado en 1810. Ningún proceso como el que se emprendió ese año hace dos siglos nos enseña que las largas batallas son de largo aliento.
Es aquí donde el papel de la academia y los medios de comunicación cobran una relevancia indelegable. Necesitamos una comprensión crítica del fenómeno inacabado de la independencia que hoy celebramos con entusiasmo ciego, y de ahí para delante, de los que son nuestros mayores desafíos sociales y políticos como país.
Nota: Esta columna se encuentra como documento completo en la más reciente edición del periódico Calle Controversia, que ya consiguen desde esta semana de manera virtual y en la sede de la Corporación Nueva Gente (Teléfono 282 3963). |